LA VIDA ES COMO...
La vida se puede interpretar en clave de analogías, el toro para Jesulín, la ruleta para el jugador, el viaje para el aventurero... a mi me resulta válido el vuelo en parapente, donde subes y bajas dependiendo de unos factores que son controlables y otros que se te escapan de las manos. En el plano laboral (que en mi caso supone un elemento de tanta trascendencia personal como la familia o el ocio) estoy atravesando una etapa que se puede comparar al divorcio. A un divorcio, además, tras una relación intensa, larga y tormentosa.
No es un problema de inestabilidad laboral al uso, donde la empresa se tambalea o tu contrato es precario. Mi vinculación es firme y la empresa sólida, por lo que el aspecto económico está salvado.
El problema empieza cuando, por un lado, para trabajar necesito estar motivado ya que no soy capaz de hacer algo que no tenga sentido, que no tenga una utilidad válida, al menos según mi entender. Y por otro cuando, a pesar de los años de vida y de trabajo no llegas a dominar los entresijos sociolaborales donde se mezclan intereses, recelos, envidias, competencias, alianzas, corporativismos, mediocridades, egoísmos... tambien grandezas, y toda la panoplia de sentimientos y actitudes que atesora el género humano, todo concentrado en treinta o cuarenta personas, que constituyen las aguas por las que tienes que navegar (vida y navegación, otra semejanza).
Otra analogía, la institución en la que trabajo es como dicen de la Santa Madre Iglesia: es santa y buena, los malos son los feligreses.
Espero recuperar la habilidad literaria para ir desgranando los argumentos con los que me justifico y sentimientos que se me cruzan en este trance, que seguro que es más común de lo que me parece.
La vida se puede interpretar en clave de analogías, el toro para Jesulín, la ruleta para el jugador, el viaje para el aventurero... a mi me resulta válido el vuelo en parapente, donde subes y bajas dependiendo de unos factores que son controlables y otros que se te escapan de las manos. En el plano laboral (que en mi caso supone un elemento de tanta trascendencia personal como la familia o el ocio) estoy atravesando una etapa que se puede comparar al divorcio. A un divorcio, además, tras una relación intensa, larga y tormentosa.
No es un problema de inestabilidad laboral al uso, donde la empresa se tambalea o tu contrato es precario. Mi vinculación es firme y la empresa sólida, por lo que el aspecto económico está salvado.
El problema empieza cuando, por un lado, para trabajar necesito estar motivado ya que no soy capaz de hacer algo que no tenga sentido, que no tenga una utilidad válida, al menos según mi entender. Y por otro cuando, a pesar de los años de vida y de trabajo no llegas a dominar los entresijos sociolaborales donde se mezclan intereses, recelos, envidias, competencias, alianzas, corporativismos, mediocridades, egoísmos... tambien grandezas, y toda la panoplia de sentimientos y actitudes que atesora el género humano, todo concentrado en treinta o cuarenta personas, que constituyen las aguas por las que tienes que navegar (vida y navegación, otra semejanza).
Otra analogía, la institución en la que trabajo es como dicen de la Santa Madre Iglesia: es santa y buena, los malos son los feligreses.
Espero recuperar la habilidad literaria para ir desgranando los argumentos con los que me justifico y sentimientos que se me cruzan en este trance, que seguro que es más común de lo que me parece.
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